Estás aquí: Inicio » Personajes » Personaje: Andrés López de Medrano
Personaje: Andrés López de Medrano

Personaje: Andrés López de Medrano

Retrato de Andres Lopez de Medrano-01Personaje: Andrés López de Medrano

Andrés López de Medrano tiene una resonante significación en el campo de la historia de las ideas entre los dominicanos: se destaca por ser el primer autor que, hasta donde está establecido, expuso un texto de filosofía de acuerdo con los cánones de la disciplina; pero, además, porque su contenido coincidía con la orientación de los filósofos de la Ilustración del siglo XVIII, que negaban la tradición aristotélica de la escolástica católica medieval. Con su obra asumía la representación de una generación de nuevo tipo entre los letrados de inicios del siglo XIX, como pionero de la recusación del régimen colonial y de sus presupuestos ideológicos, y como el más resuelto abanderado de posturas liberales.

Con esta actitud innovadora, López de Medrano, al igual que otros espíritus de vanguardia de las primeras dos décadas del siglo XIX, tomaba conciencia de los intereses de una parte de los sectores dirigentes criollos, a los cuales él pertenecía. De más en más, para ellos se ponía de relieve la contraposición de sus intereses con la antigua metrópoli.

Esto último constituía una corriente propia del siglo XIX, producto de la combinación de las circunstancias internacionales y de los acontecimientos que se estaban produciendo localmente desde finales del siglo XVIII. En cuanto a lo primero, al concluir la década inicial del siglo XIX, el panorama internacional presentaba un ambiente muy distinto al de dos décadas atrás, fundamentalmente por efecto de los cambios ideológicos y políticos provocados por la Revolución Francesa.

Acontecimiento que representó el hito crucial en la destrucción del antiguo régimen vigente en Europa, caracterizado por el predominio de las relaciones feudales y el orden autocrático de la monarquía absoluta. La extensión del proceso francés a gran parte de Europa varió el curso de la historia mundial impactando en América Latina, sobre todo como secuela de la invasión de España por las tropas francesas en 1808, como parte de los planes de Napoleón Bonaparte, heredero de la Revolución, de conformar un imperio europeo.

Los sucesos en Europa y la extensión de los principios revolucionarios impactaron en sectores de las élites criollas hispanoamericanas. Estas tenían viejos motivos de resentimiento hacia la metrópoli, pero hasta entonces se habían manifestado dentro del respeto a la monarquía, lo

que significaba la aceptación del dominio metropolitano. La posición de una parte de los criollos cambió súbitamente cuando captaron que, en las nuevas circunstancias internacionales, resultaba factible romper con España y aplicar el programa más conveniente para sus intereses.

Tal perspectiva incluía la aceptación de los principios del liberalismo y la Ilustración, con consecuencias como el rechazo a la política económica mercantilista, en aras de la vigencia del librecambio, o sea, la libertad de negociar con todos los países del mundo sin obstáculos artificiales o arancelarios.

De tal manera, los intereses de los criollos abrieron las compuertas para que se planteara la reivindicación nacional. En el rumbo escogido resultaba forzoso que emanara entre ellos la conciencia nacional, con lo que se reconocía la existencia de una comunidad humana distinta a la metrópoli, al tiempo que se propugnaba por que tuviera derecho a regir su destino.

En Santo Domingo, a fines del siglo XVIII, los sectores superiores criollos seguían aquejados de una profunda debilidad. A diferencia de lo que ocurría en América del Sur, sus conflictos con la metrópoli se limitaban a demandar que se les diera la oportunidad de integrarse a la corriente de la plantación esclavista, para lo cual requerían el acceso a esclavos traídos de África y poder exportar los bienes producidos a cualesquiera países. Es cierto que estas demandas se correspondían con las que hacían los sectores dominantes criollos en las restantes colonias, pero en Santo Domingo se hacían con un particular celo de lealtad hacia el rey.

Esta postura se ratificó con motivo del inicio de los acontecimientos en Francia en 1789, los cuales tuvieron consecuencias inmediatas en la vecina colonia francesa de Saint Domingue.

Tras la sublevación de los esclavos en Saint Domingue en 1791, los dominicanos de los sectores superiores visualizaron en la revolución la principal amenaza a sus intereses, ya que se enfrentaban a la subversión del orden social.

Ahora bien, sorpresivamente, a mediados de 1795 los habitantes de Santo Domingo se encontraron ante la terrible noticia de que su país acababa de ser cedido a la República francesa. Tendrían un año de plazo para marchar a otras colonias cercanas o bien acogerse a la nueva autoridad. Para la totalidad de la población esto significó un duro golpe, ya que todos, libres y esclavos, por razones variadas, se encontraban identificados con el terruño, visto como el espacio donde habían nacido ellos y sus antepasados y donde tenían la oportunidad de continuar una vida en las condiciones menos desfavorables posibles. La mayor parte de

los dominicanos eran mulatos, y tenían conciencia de que su situación empeoraría en cualquiera de las otras colonias españolas.

En los años siguientes los círculos dirigentes criollos trataron de impedir la aplicación del Tratado de Basilea y, después de que este se puso en ejecución, en 1801, mediante la toma de posesión de Toussaint Louverture, muchos optaron por la emigración. Los que permanecieron, en su mayoría, pasaron a depositar esperanzas en un retorno a la soberanía española. Todavía no existía en el medio dirigente dominicano atisbo de conciencia nacional, lo que explica que la guerra contra el ocupante francés, en 1808, culminara con la consigna de reconocimiento de Fernando VII, apresado por Napoleón, como único rey legítimo.

Pero el retorno al orden colonial significó un terrible fiasco para los sectores criollos, por cuanto España no hizo concesiones que resolvieran los viejos motivos de conflicto. Por el contrario, enfrascados en los acontecimientos que se producían en el propio territorio metropolitano y luego en varias de las colonias, los gobernantes españoles se desentendieron de lo que ocurría en su más antigua posesión americana.

El sentimiento de frustración provocado por esta indiferencia se derivó hacia crecientes posturas críticas entre sectores urbanos medios y altos. Además de los precedentes en la América hispánica, influía en el ánimo de los dominicanos el régimen independiente de Haití, aun cuando se ponderaba como una amenaza sobre vidas y propiedades.

Algunos optaron por la conspiración tendente al logro de la emancipación, siguiendo los pasos del país vecino. Otros se limitaban a presionar a la metrópoli en pos de concesiones y auxilios.

Estas posturas se acentuaron con motivo de la reposición de la Constitución liberal de Cádiz en 1820. Haciendo uso de la libertad de palabra y de asociación, los actores tuvieron la oportunidad de exponer muchos de sus pareceres, siempre y cuando no cuestionaran la relación con la metrópoli. En estos debates, desarrollados entre 1820 y 1821,

Andrés López de Medrano expuso consideraciones políticas cuyo sentido progresivo carecía de precedentes. Eran la consecuencia de la maduración de un pensamiento que visualizaba los conflictos generados por la dominación española y concluía en el imperativo de la democracia.

A causa del incendio de los archivos de Santiago, durante la invasión haitiana de 1805, no se ha logrado determinar la fecha de nacimiento de Andrés López de Medrano. Por referencias colaterales, se sabe con seguridad que era oriundo de esa ciudad y se presume que nació alrededor de 1780. No se tienen informaciones sobre su niñez y primera juventud, pero sí acerca de los orígenes familiares.

López de Medrano pertenecía al estrato superior de la clase dominante de Santiago, segunda aglomeración del país, en ese momento en una coyuntura de auge a causa del incremento de las exportaciones de ganado a la colonia francesa y de la producción de tabaco, tanto para consumo en la metrópoli como entre los vecinos. Era nieto de Andrés Medrano Contreras, alcalde mayor de la ciudad y primera autoridad en el partido del Norte durante las dos décadas previas a su nacimiento. Estaba emparentado con notables de la época, como el futuro historiador Antonio del Monte y Tejada. Uno de sus hermanos, Antonio López Villanueva, permaneció en Puerto Plata y participó en el proceso frente a Haití entre 1843 y 1844.

A finales del siglo XVIII los integrantes del sector superior de Santiago enviaban sus hijos a seguir estudios en la Universidad Santo Tomás de Aquino, de la orden de los dominicos. Con seguridad, en su primera juventud López de Medrano fue alumno de ese plantel, aunque se desconocen los detalles al respecto. Fray Cipriano de Utrera señala en su libro Universidades, que López de Medrano se graduó de abogado en la universidad de los dominicos en Santo Domingo, en 1800. Julio G.

Campillo Pérez, cotejando el material disponible sobre el personaje, muestra extrañeza ante la aseveración, al registrar que López de Medrano se consideraba médico de profesión.

En 1805, a secuela del temor dejado por la invasión haitiana encabezada por Jean Jacques Dessalines, López de Medrano marchó a Venezuela junto a parte de su familia. Allí siguió estudios y se graduó de bachiller en filosofía y artes en la Universidad de Caracas. Esos años debieron ser de mucha importancia en su formación intelectual. Su tesis de bachiller en filosofía, defendida el 20 de mayo de 1806, se dividió en cinco materias. En lógica se propuso demostrar que “la acción de la lengua es innata, pero no la de las ideas”; en física, que “toda disolución conlleva una absorción del calor”; en generación, que “los líquidos deben su existencia a la presión atmosférica”; en psicología, que “el alma humana es creada por Dios y no se origina por el traducianismo de padres a hijo”; y en metafísica, que “la fuerza física repugna a la simplicidad del alma, y por ello nunca debe admitirse”.

En tales tesis puede prefigurarse la adscripción de López de Medrano a las corrientes filosóficas en boga, que negaban la tradición aristotélica. Es de particular importancia que aseverara que la lengua es innata, mas no así las ideas. De la misma manera, se advierte que aceptaba los principios básicos del catolicismo, lo que seguiría siendo una constante en su trayectoria ulterior, aunque con el sesgo de hacerlos compatibles con el espíritu científico, tal como queda expuesto en algunas de las tesis.

Dado que no está registrado que obtuviera otros títulos en Venezuela, Campillo Pérez infiere, apoyado en las Memorias del venezolano José de la Cruz Limardo, que fue tras su retorno a Santo Domingo, a finales de 1809, cuando López de Medrano debió obtener el grado de doctor en medicina de la Universidad de Santo Tomás de Aquino, reabierta como secular en 1815. De todas maneras, por medio de consultas en archivos españoles, queda pendiente aclarar si el título de médico lo obtuvo antes de su salida a Caracas o después de su retorno a Santo Domingo. En todo caso, su profesión principal terminó siendo la de médico aunque también ejerció las de abogado y profesor de filosofía.

Su carrera académica había comenzado en Caracas, poco después de graduarse, al ser designado profesor de filosofía por ausencia del titular de la asignatura. También fungió como examinador para la atribución de premios a los estudiantes. Al aprestarse a retornar a la patria, a mediados de 1809, renunció a esas posiciones. López de Medrano ejemplifica el interés del retorno entre los dominicanos emigrados, algo sobresaliente en su caso, ya que había logrado en breve tiempo radicarse en condiciones aceptables en Caracas.

No mucho después de su regreso contrajo matrimonio con la dominicana Francisca Flores, señal adicional de que proyectaba permanecer de manera estable en el país natal, no obstante la terrible situación material por la que atravesaba. Por lo visto, no contempló la posibilidad de instalarse en Santiago, explicable porque solo en Santo Domingo había condiciones para su desenvolvimiento futuro acorde con el prestigio académico que había alcanzado. En 1811 fue designado regidor del Ayuntamiento de Santo Domingo, posición que lo colocaba dentro de los círculos gobernantes, como fue usual entre dominicanos que habían estado en la emigración y pertenecían a círculos encumbrados.

Después que se produjo la entrada de las tropas españolas en la ciudad, a mediados de 1809, el arzobispo Pedro Valera y Jiménez planeó patrocinar estudios de educación superior. López de Medrano estableció excelentes relaciones con el arzobispo, quien en principio estaba abierto a congeniar con las corrientes filosóficas que se abrían paso en Europa. En 1811 fundó un seminario en el Palacio Arzobispal, y el bachiller en filosofía, médico y abogado fue designado como profesor de latín y retórica.

Cuando en 1815, por gestiones de José Núñez de Cáceres, fue reabierta la universidad, desligada del cuerpo eclesiástico y con exclusivo patrocinio gubernamental, López de Medrano fue nombrado profesor de filosofía.

Paralelamente a la carrera académica, iniciada en Caracas y continuada en Santo Domingo, López de Medrano se involucró en actividades administrativas. En 1812 fue promovido a síndico de la ciudad de Santo Domingo, y a lo largo de los años siguientes se mantuvo vinculado a los asuntos municipales, ya que en 1819 figuraba como alcalde de segunda elección de la ciudad.

LA LÓGICA

En 1814 se produjo un acontecimiento intelectual dentro de la historia dominicana: la edición de un tratado filosófico. Pese a que desde el siglo XVI habían existido dos universidades, no se tiene noticia de alguna edición de escritos académicos de sus profesores y graduados. Fue solo a finales del siglo XVIII, como parte de la gestación de un espíritu moderno, que empezó a materializarse una producción cultural de cierta significación. Esto se manifestó en varias ramas del saber, y tuvo entre sus expositores a figuras como Antonio Sánchez Valverde, Bernardo Correa y Cidrón y, en el aspecto filosófico, López de Medrano.

Redactó el texto en latín, como era usual en la tradición religiosa, con el fin de proporcionar apuntes a los alumnos de filosofía. Por eso lo tituló Elementos de filosofía moderna destinados al uso de la juventud dominicana.

Fue publicado en la imprenta de la Capitanía General, posiblemente la única existente en el país. Está consignado que ese texto, obviamente diseñado para incidir sobre de las condiciones por las que atravesaba la nación, tuvo beneficiosas consecuencias sobre el nivel de instrucción de los alumnos que asistían a la universidad y al seminario.

Como lo puso de relieve Juan Francisco Sánchez, catedrático de filosofía de la Universidad de Santo Domingo en la década de 1950, cuando fue traducida la obra al español con estudio introductorio suyo, el filósofo se adscribía a la vertiente empirista de la Ilustración, en particular al sensualismo de Condillac. Pero, como católico, él se mantuvo en una postura de compromiso con la teología tradicional, por lo que no traspasó un acento moderado. Ahora bien, pese a que no cuestionaba taxativamente la doctrina de la Iglesia, sin duda se apartó de ella en aspectos importantes.

Lo animaba centralmente el propósito de fundamentar una noción de la ciencia acorde con los preceptos de la modernidad. De ahí que Juan Francisco Sánchez tenga razón cuando plantea que López de Medrano representa un momento de transición, común en el mundo hispánico, entre la tradición escolástica y la filosofía moderna de inspiración ilustrada.

En tal sentido, López de Medrano llega a la conclusión de que los procedimientos de la ciencia y la religión resultan inasimilables. Con esto acepta la verdad de la fe, pero no la generaliza al ámbito del examen racional de los fenómenos, como era propio de la tradición escolástica.

La fe radica en la aceptación de la autoridad de otro, pero no se aplica al ámbito de la realidad, cuyo conocimiento válido es únicamente el de tipo científico. En definitiva, restringe el ámbito de la fe a aquello que tiene un origen divino incontrovertible, ya que para él solo Dios es infalible (aseveración crítica respecto a la condición que le acuerda la Iglesia al Papa), debiendo ser sometido todo lo demás al examen de la crítica. En contraste con la fe, el análisis científico produce un conocimiento “claro y evidente adquirido a través de una demostración confrontada”. La lógica que propone tiene por sentido coadyuvar a la correcta aplicación de los requerimientos epistemológicos de la ciencia.

Sugiere las reglas a seguir en tal conocimiento científico, de acuerdo con la incorporación del empirismo a las nociones tradicionales de la lógica. Para él, el origen exclusivo de las ideas se encuentra en las sensaciones que los objetos exteriores provocan en la mente a través de los sentidos. Rechaza todo criterio de inmanencia de las ideas. Es decir, se aparta del supuesto de que el ser humano posea ideas innatas por obra de Dios. La conciencia humana es producto de las operaciones del juicio con este cúmulo de ideas. En el proceso espontáneo de análisis, la mente procede a separar los componentes de las ideas.

El tercer eslabón del proceso cognoscitivo radica en la formación del discurso, por medio de una operación consistente en comparar ideas para deducir el juicio de otros. Por último, el conocimiento requiere de un método, instrumento consustancial al conocimiento científico.

A tono con lo anterior, descarta la variante realista de la escolástica, según la cual la realidad proviene de ideas universales. Como empirista, niega la existencia de tales ideas y afirma que únicamente existen individuos. Para él, siguiendo la vertiente nominalista de la escolástica, estas nociones universales no son más que el resultado de las operaciones de la mente mediante la abstracción y la localización de semejanzas.

Estas propuestas, que reiteran preceptos de la lógica y de la gnoseología empirista, se limitan a sentar los fundamentos de la ciencia.

Sin embargo, las consideraciones más originales de los Elementos se refieren a las dificultades que deben resolverse en el proceso de conocimiento. Tales argumentos están centradas en las operaciones de interpretación de la existencia humana en sociedad. En todos esos señalamientos sobresale la perspectiva crítica, dirigida a cuestionar los prejuicios de autoridad, en aras de un examen libre y riguroso. Apunta a la recuperación, en el terreno de la filosofía, del espíritu revolucionario e iconoclasta de la Ilustración.

Primero, alerta sobre factores como “[…] los prejuicios, la educación defectuosa de parte de los padres, doctrina confusa de parte de los maestros[…]”. La cultura científica se tendrá que asentar, pues, en una tabula rasa, que deje atrás las tradiciones provenientes de las generaciones previas, transmitidas a través del aparato educativo. De tal advertencia concluye que existen dos vicios a considerar: el primero, “las opiniones del vulgo”, que por principio no deben ser admitidas; y “el amor a la Patria”, que provoca el desprecio de lo extraño. Con ello ataca simultáneamente a las expresiones culturales poco elaboradas y la cerrazón del hispanismo católico y fundamentalista frente al espíritu ilustrado y libre de la modernidad. La conclusión básica de estas disquisiciones se dirige a cuestionar el sentido de autoridad y a afirmar el libre ejercicio del raciocinio, por medio de la máxima de que “no podemos asentir a ninguna proposición sin previo examen”.

Lo que centralmente le interesa en tal indagatoria es la verdad histórica. En lo fundamental, todo el discurrir de este breve tratado filosófico se dirige a fundamentar un acercamiento a la historia en concordancia con las reglas generales de la ciencia. Así, la historia tendría un estatus científico similar al del conocimiento de la naturaleza, preocupación que corrió pareja con la producción de los filósofos empiristas ingleses.

Por consiguiente, los Elementos culminan en la sección IV, dedicada a dilucidar los criterios para una metodología científica de la historia, concepto con el cual alude a la realidad humana en su conjunto. En torno a esta temática expone sus consideraciones más progresivas, dirigidas a cuestionar las autoridades tradicionales. Exige responsabilidad moral al sujeto cognoscente, cuestiona la narración huera que se compensa con el recurso de la retórica y proclama la preferencia por los autores modernos en contraposición con las normas de la tradición religiosa medieval. Ninguna autoridad es eximida del requisito de la crítica, quedando el estudioso obligado a razonar haciendo abstracción de cualquier factor, como número, calidad y novedad.

Concluye en la exigencia ineludible de exponer las cosas conforme a la realidad en que se desenvolvieron. Lo que implica el rechazo del adorno retórico y, sobre todo, de cualesquiera consideraciones que tiendan a oscurecer la verdad. El contenido de una conclusión no puede estar supeditado a ninguna reflexión previa, sino que tiene que derivarse de la propia esencia del fenómeno. El apego a lo real en su simplicidad viene a ser la “regla de oro” del conocimiento. De ahí que asevere que “son muy dignos de fe los historiadores que desnuda y simplemente narran (o describen)”.

Sistematiza esta visión con varias reglas sobre las precauciones críticas que debe observar todo historiador:

  • Probidad, plasmada en la vida y en la congruencia con los hechos narrados.
  • Descalificación de aquellos autores que se dejan llevar por sus preocupaciones, las del vulgo o por puntos de vista de alguna de las partes en disputa.
  • Preferencia por los autores modernos sobre los extranjeros y antiguos.
  • Rechazo de las narraciones apasionadas o excesivamente apegadas al estilo o a preocupaciones por la forma.
  • La cualidad y dificultad del hecho histórico, la prudencia de los testigos, la edad, el tiempo, distancia de los lugares en que escribieron y la conformidad de todas las circunstancias.

APOLOGISTA DE LA DEMOCRACIA

López de Medrano no publicó nunca un texto de historia, pero las consideraciones arriba glosadas le permitieron realizar un análisis de las condiciones de su época con fines políticos. La toma de conciencia a la que llegó sobre los efectos nocivos de la dominación española debió ser el resultado de un prisma histórico del examen de los factores sociales.

Se ha visto que, poco después de su retorno de Venezuela, se incorporó a la administración en el Ayuntamiento. En la medida en que las circunstancias lo permitían, fue un exponente de las ideas liberales y democráticas. En los años de la reincorporación a España, entre 1809 y 1821, todavía era limitado el margen para que se pudiera exponer tal tipo de propuesta, ya que se mantenían los rasgos esenciales del despotismo. Al igual que en la teoría filosófica, López de Medrano estuvo compelido a adoptar una posición gradualista y moderada, ya que de otra manera se hubiera visto forzado a abandonar el país.

Empero, en esos años el orden colonial se encontraba en crisis general.

El retorno al dominio español, por obra libérrima del pueblo dominicano, había resultado un fiasco. Enfrascada en resolver sus problemas interiores y en confrontar a los descontentos y rebeldes de varias posesiones, la autoridad metropolitana se desentendió de la suerte de Santo Domingo.

Ni siquiera se ratificaron los grados militares otorgados por Juan Sánchez Ramírez, principal jefe de la guerra contra el régimen francés y por el retorno a la soberanía española. Con más agudeza que antes se puso en evidencia el conflicto que enfrentaba al grueso del sector criollo dirigente con la metrópoli. Algunos de sus integrantes se contagiaron del espíritu de los criollos sudamericanos que se pronunciaban contra la metrópoli.

Se sucedieron varios movimientos conspirativos en la ciudad de Santo Domingo, y en las mismas esferas dirigentes cundía el malestar.

No hay constancia de que López de Medrano, funcionario de la administración municipal, tomara parte en las conspiraciones. Pero sí es seguro que desde su retorno abrigaba posturas avanzadas que lo llevarían a repudiar el absolutismo hispánico. Es probable que adquiriera tales posiciones en su estadía de casi cinco años en Venezuela. Le tocó vivir las primeras agitaciones en el seno de la municipalidad de Caracas ante el destronamiento del rey Fernando VII, acontecimiento que abrió las compuertas para que comenzaran a exhibirse, sin ambages, las reivindicaciones de los criollos progresistas.

Resulta sintomático que en su labor administrativa López de Medrano se distinguiera por enarbolar los intereses locales, por oposición a la tradición centralizadora hispánica. Se explica que acogiera con júbilo la proclamación de la Constitución liberal de Cádiz de 1812. En aquella ocasión no desplegó posiciones destacadas pero, con el paso del tiempo, fue definiendo posturas más visibles. En 1819, con motivo del vencimiento de la gracia de 10 años de los diezmos, consideró que era imperativo que se mantuviera esa concesión, con lo que fungía como representante de un estado de inconformidad.

Pero cuando verdaderamente afloraron sus puntos de vista fue durante la coyuntura abierta tras la segunda promulgación de la Constitución de Cádiz, a mediados de 1820, a secuela de una sublevación de las tropas que iban a ser enviadas a combatir a los insurgentes sudamericanos. En esta nueva situación pasaron a primar condiciones muy distintas a las de 1812, al estarse en presencia de una confrontación declarada con el absolutismo, aunque sin que implicara la negación de la monarquía como institución. La vigencia de un orden constitucional en 1820 tuvo efectos sin precedentes en el establecimiento de organismos locales de gobierno. En el mismo sentido operaron los derechos puestos en vigencia de acuerdo con el espíritu liberal del ordenamiento, como libre asociación, libertades de palabra, prensa e imprenta, etc.

De inmediato, López de Medrano le tomó la palabra a lo consignado en el texto constitucional en cuanto a derechos democráticos. Esta postura contrasta con el apego a los cánones institucionales tradicionales que había observado en los años previos. La variación no se debe atribuir solo a un orden personal, sino que también expresaba la descomposición de la legitimidad del orden colonial por efecto de la no resolución de la situación calamitosa en que se vivía.

De todas maneras, como es propio de un contexto de crisis, se requería que determinadas personas obraran como precursores o iniciadores de la contestación, y López de Medrano fue quien con más decisión adoptó una resuelta postura democrática, en la dimensión que replanteaba la política local. En tal sentido, en el plano doctrinario, con López de Medrano comenzó el prolongado discurrir del liberalismo decimonónico dominicano. Y, al mismo tiempo, fue la primera figura que dio pasos para la defensa de la propuesta liberal, fundando el primer partido político de la historia dominicana, el Partido Liberal, dirigido a terciar en las elecciones de 1820. Esta formación se enfrentó a la corriente partidaria del absolutismo, encabezada por el canónigo Manuel Márquez.

Por primera vez se compuso en el país un texto destinado a fundamentar una opción política. Aprovechando la libertad de imprenta, López de Medrano sistematizó sus posiciones en el folleto Manifiesto del ciudadano Andrés López de Medrano al pueblo dominicano en defensa de sus derechos, sobre las elecciones parroquiales que se tuvieron en esta Capital el 11 y 18 de junio de este año de 1820. Ataca ahí el orden político tradicional de la monarquía, al tipificarlo como un despotismo derivado de una situación de “idiotismo” de la población, tan profunda y generalizada que había llegado a penetrar a los medios cultos. Como sería típico en los análisis de los liberales, el determinante básico de las condiciones históricas existentes lo localiza en la ignorancia de la masa del pueblo y la pobre condición moral que se desprendía. En cualquier caso, pone de relieve la complementariedad entre ignorancia y despotismo, al igual que el reverso entre cultura y libertad. De tal manera, para él, el despotismo, en todas sus expresiones políticas y culturales, conllevaba la degradación de la condición moral de la población.

Acostumbrado el pueblo por esta causa á obedecer por rutina á moverse por los resortes de la voluntariedad, como si fuera un autómata, y á temer con sobrado fundamento los horrores de la bárbara Inquisición, el azote de la tiranía y los caprichos de un ministerio corrompido, no solo perdió su primitiva grandeza, olvidó su dignidad, desconoció el modo de recuperarla y se convirtió en juguete de sus opresores, sino que caminó con pasos acelerados á su degradación.

Adoptando una perspectiva histórica, atribuye la prolongada decadencia de España a consecuencias derivadas del despotismo, como la proscripción de la buena instrucción, la degradación del gobierno y la censura a la libre difusión de las ideas. A su vez, este estado de degradación respondía al dominio de un sector social, la minoría aristocrática, que reciclaba su poder gracias a la discrecionalidad del despotismo. Con este análisis, López efectuaba una trayectoria desde el liberalismo a la democracia de tinte social. La igualdad no podía restringirse, para él, a un principio abstracto o de participación política, sino que debía englobar la garantía a oportunidades similares para los integrantes de los sectores subalternos. En tal alegato democrático resalta la reivindicación de la dignidad de la plebe, cuyo infortunio se superaría a través de su participación política. Y es que visualizaba que la degradación del pueblo tenía por contrapartida el dominio de la nobleza. Ahora bien, López de Medrano situaba en el centro del conflicto la contraposición entre la ignorancia de la minoría social dirigente y la intención liberadora del estrato culto. Esto ponía de relieve que el espíritu liberal se encontraba entre los letrados de vocación moderna, segregados de la clase dominante, pero también de una masa del pueblo que estaba imposibilitada de percibir la naturaleza de los problemas.

El egoísmo de los magnates, que habían erigido su engrandecimiento sobre la ruina de sus semejantes, en nada más se esmeró que en condenar perpetuamente la libertad de imprenta, enervando el espíritu de los doctos, esterilizando el germen de la ilustración y sofocando la luz que de tiempo en tiempo aparecía ocultamente en la capacidad. Era preciso para mantener en su vigor este predominio acrecentar la ignorancia en vez de destruirla, incrementar los errores en vez de labrar el desengaño y obstruir con actividad la difusión de ideas que conducen a la verdadera gloria.

La lucha política que por primera vez se estaba entablando en Santo Domingo, de acuerdo con su percepción, enfrentaba a los portadores de la democracia con los aferrados a los privilegios de nacimiento del antiguo régimen. Aunque registraba que no había propiamente una nobleza insular, los partidarios locales del absolutismo actuaban en forma equivalente. En principio, se desprende de su discurso que endilga al conjunto de los sectores superiores la posición de soporte social del absolutismo. Al menos identifica a los siguientes sectores como contrarios a las libertades: los catalanes –el grupo comercial más importante en la época–, el alto clero, los militares y la nobleza (que se puede considerar el grupo dirigente de familias terratenientes de base urbana, que databa de los tiempos coloniales iniciales).

Respondiendo a las acusaciones de este virtual partido conservador, López de Medrano expuso una postura moderada. El propósito de los liberales, aseguraba, no estribaba en destruir a los rivales, sino en el logro de la convivencia de todos dentro del ordenamiento constitucional.

Concluía que la pluralidad de partidos políticos propende al bien común y al avance de la libertad y la civilización.

Aun así, le resultó inevitable confrontar las aspiraciones de los sectores superiores de perpetuar los privilegios basados en elementos tradicionales, como los apellidos y el linaje hereditario. Proclamaba que la única superioridad aceptable dentro de un ordenamiento democrático reside en la virtud y el talento de los individuos. Los poseedores de estas cualidades se autoerigían en portavoces de los sectores plebeyos de la población urbana, los cuales aspiraban a obtener las mismas oportunidades que la minoría que debía sus posiciones privilegiadas en las relaciones sociales y en las instituciones a los vínculos de sangre. En su visión, la participación en política de los sectores urbanos modestos vendría a operar como piedra de toque de la conformación de un sistema político que potenciase el bienestar general. Con motivo de la elección de regidores salidos del pueblo, López de Medrano cuestionó la suposición de los conservadores de que se había degradado la calidad del personal de la administración pública con la incorporación de personas del pueblo a resultas de las elecciones.

Por lo mismo ignoro los motivos de que se irrogue inferioridad á los nuevos capitulares. Sin apoyarme en aquellas comparaciones, que suelen mirarse capciosamente, ni agraviar á lguien, de lo que dista mi aserción, hallo que en general los del antiguo Cabildo no son de mejores cualidades que los del constitucional, á no ser que el haber comprado esos oficios, según he apuntado, y en ellos la finca de sus atribuciones, instituya una razón de disparidad, que no se encuentra en sustancia. Aun cuando se pudiere oponer en controvertido alegato que eran de los que viven de un tráfico, que utilice á la sociedad, de un taller, de una pulpería, de un almacén, es incontrastable que no los rebajaría este concepto, así como tampoco los elevaría al ser de otro destino. El zapatero, el talabartero, el herrero, el tonelero, el carpintero, el albañil, el sastre, el pintor, el músico, todo laborioso, todo artista puede ser tan excelente ciudadano como un consejero de estado y un diputado en cortes. Digámoslo de una vez: el talento, las luces, la integridad, modales irreprensibles son las bellas disposiciones, la legítima aptitud para ser hombre público.

En un hombre perteneciente a los estratos superiores, no deja de ser sorprendente un alegato democrático tan resuelto, dirigido a reivindicar la igualdad como cuestión de principio y a aseverar la eficacia en el ejercicio de funciones públicas de quienes no han tenido acceso a la educación superior. Si se observan las profesiones mencionadas, se colige que la propuesta democrática tenía por sujetos a sectores urbanos que, aunque humildes, habían logrado cierta dignidad gracias a la pericia en el ejercicio de actividades artesanales. La mayoría poblacional del campo quedaba excluida del alegato, acaso por no incorporar aún el embrión de la vida “política”.

La limitación más importante de su propuesta democrática radicaba en el problema de la esclavitud, tema no mencionado. Podía ser ciertamente hasta peligroso, aun en el entorno constitucional liberal, formular una crítica a la esclavitud; pero no hay indicio de que él se planteara el problema. Es posible que, en términos generales, compartiera los puntos de vista que entonces formulaban otros liberales, como Antonio María Pineda, en el sentido de que el problema central que confrontaba el avance hacia el desarrollo económico se localizaba en la masa rural colocada al margen de las regulaciones de la disciplina y la eficiencia.

De todas maneras, López de Medrano representaba un extremo en la potencialidad democrático-popular del liberalismo, no exento de graves limitaciones, como se verá en sus actos durante las semanas de la independencia efímera.

EL INDEPENDENTISTA

En el Manifiesto, López de Medrano se proclamó en todo momento súbdito del rey, bajo el supuesto de que este se encontraba inserto en un orden constitucional irreversible. Ahora bien, en América la postura liberal expresaba las demandas de los criollos de quedar incorporados en la gestión de los asuntos públicos. En gran medida, en las nuevas circunstancias históricas, el discurso democrático quedaba imbricado con el despertar del espíritu nacional.

Es lo que explica que el Manifiesto concluyera con el alegato de que, ya en el orden constitucional, los dominicanos tenían idénticos derechos que los españoles peninsulares:

Ya no sois unos miserables colonos, sino unos Españoles iguales á nuestros hermanos carísimos de Europa. No basta victorear a la Nación, a la Constitución, al Rey con verbales aclamaciones, ni observar sus preceptos por pura obligación; es menester penetrarse de sus máximas, de sus liberalidades, de su impulsión para ser felices, nivelar vuestra situación con las más sobresalientes y poneros en paralelo con los pueblos de la Monarquía.

Sin embargo, el dominio metropolitano no se podía avenir con la plataforma de los criollos, de lo que se derivaba el estado de inquietud que se magnificaba a causa de una depresión económica que parecía insuperable. Un grupo de criollos de elevado nivel educativo comenzó a reunirse asiduamente en la residencia de José Núñez de Cáceres. En esa peña, con mucho cuidado, se fue socializando el criterio de que al país le convenía la ruptura con España. Seguramente los integrantes del conciliábulo nocturno no concordaban en numerosas materias, pero tuvieron la prudencia de continuar las deliberaciones.

Dotado de un elevado estándar intelectual y predispuesto hacia posturas innovadoras, López de Medrano fue uno de los integrantes de este círculo. Él y Núñez de Cáceres, por otra parte, tenían en común la condición de profesores de la universidad. No obstante la severísima situación material por la que atravesaba el país durante la España Boba, la calidad de la educación alcanzó niveles sin precedentes, debido a que reducidos círculos criollos visualizaron cierto proyecto de cambios alrededor de la agenda educativa. El prestigio de López de Medrano se acrecentó en esos días de libertades restringidas, al ser designado rector provisional de la universidad, en mayo de 1821, con lo que consolidaba su posición de orientador de los jóvenes.

Por otro lado, la libertad de prensa e imprenta se insertó en el despliegue de tal proyecto, posibilitando que los pareceres de los contados intelectuales comenzaran a difundirse. Ya se ha visto que las elecciones de junio de 1820 proporcionaron el escenario para que el filósofo expusiera sus concepciones democráticas. Núñez de Cáceres también se hizo presente como editor del periódico El Duende, donde filtraba críticas solapadas al régimen colonial. Es presumible que López de Medrano se contara entre los comprometidos con la conspiración dirigida por Núñez de Cáceres, que llevó al derrocamiento del orden colonial, el 1º de diciembre de 1821, y a la proclamación del Estado Independiente de Haití Español. El filósofo fue designado regidor del Ayuntamiento de Santo Domingo en el nuevo ordenamiento, posición desde la cual estuvo inmerso en el curso de los sucesos durante las agitadas semanas posteriores.

Desde el principio de la proclamación de ese primer Estado soberano estuvo subyacente la sombra de que podía naufragar por las pretensiones absorbentes de Jean Pierre Boyer,  residente de Haití, quien siempre planeó aplicar el artículo de la Constitución haitiana que estipulaba que la República de Haití tenía jurisdicción sobre el conjunto de la isla.

Boyer obtuvo la adhesión de círculos dirigentes de villas próximas a la frontera, quienes desconocieron el régimen presidido por Núñez de Cáceres. Es probable que López de Medrano intuyera que había que encontrar una salida a la delicada situación, por lo cual habría intentado promover un movimiento tendente a la reinstauración del régimen español. De acuerdo con la misma versión, habría desistido del propósito al captar que el proceso carecía de posibilidades y que conllevaba el riesgo de un conflicto intestino.

Desde su puesto de regidor, le tocó a López de Medrano formar parte de la comitiva que recibió al dictador haitiano al borde de la muralla, así como estar presente en el acto realizado en el Palacio Consistorial, en el que se le entregaron las llaves de la ciudad.

Aunque no hay indicaciones explícitas, todo parece señalar que al principio López de Medrano se sumó a la postura de quienes decidieron acatar la autoridad haitiana. Es probable que estuviera penetrado del criterio de que había que evitar por todos los medios retornar a la emigración. En cualquier caso, en su condición de profesor de medicina, le tocó representar al rector designado por Boyer, Francisco González Carrasco, en ocasión de la reapertura de las clases, el 1º de julio de 1822. El discurso que pronunció en esa ocasión fue traducido en Le Telegraphe, órgano periodístico del Gobierno haitiano, en su edición del 22 de septiembre de ese año, fecha en que el autor había ya escapado de la isla. En el texto se enunciaban grandes esperanzas en las potencialidades regeneradoras del Estado haitiano, gracias a la atención que le prestaba a la tarea educativa. El texto comienza evaluando la función de la educación en el perfeccionamiento de las naciones. En el contexto de la ilustración decimonónica, continúa, se siembra un “germen vivificante, que desvanece las tinieblas donde ellos se encuentran, rompiendo las cadenas de la estupidez; y acabando con los remanentes de la ignorancia”.

Depositaba esta esperanza sobre todo en el nivel universitario, donde se formaría la élite encargada de regir los destinos del colectivo. Continuando su discurso en tal sentido, aseveró:

De donde se genera igualmente que las universidades, preciado abrigo de las ciencias, han tenido la reputación por todas las naciones, como los únicos medios para su superación, de su solidez y de su complemento de su estabilidad; ya que sin sabiduría no hay prudencia; no hay buen gobierno, no hay prosperidad; las acciones que se emprenden no tienen ninguna firmeza, los Estados no poseen ningún régimen, los intereses están sin seguridad, las fatigas están sin recompensa, las opiniones sin conciliación.

No dudó en asegurar que en el contexto del Estado haitiano se encontraban las posibilidades de que se cumpliera esa perspectiva, esencialmente por representar el modelo inédito de emancipación de un pueblo otrora sometido a condiciones indignas, con lo que pronunciaba una condena al coloniaje. Por lo que indican sus palabras, creyó que en Haití existía el propósito de impulsar la instrucción como arma para la consecución de la dignidad colectiva.

Puesto que Haití, tan famoso por los acontecimientos maravillosos, se presenta simple a los ojos de las naciones, que la desconocen y que la recelan, por no ser instrumento de sus especulaciones y del crecimiento de sus riquezas, ella comenzó a trabajar por su engrandecimiento científico. Ella edifica colegios, ella erige museos, ella reconstruye este teatro de civilización, de donde han salido estos genios sorprendentes que han eternizado sobre la tierra la memoria de su patria.

Esta confianza contrastaba con la ingratitud que para él había caracterizado la postura de España hacia los dominicanos. Recordó “con vergüenza” el Tratado de Basilea, que los entregó a una dominación extranjera. También recordó que el cambio de inicios de 1822 generó un estado de ansiedad, pero fue superado por la claridad de los propósitos de Boyer, acreedor de una encendida apología.

El filántropo Jean Pierre Boyer, el Excelentísimo señor presidente de la República de Haití, vino a tranquilizar la parte del Este, entró en su territorio y llegó a esta ciudad. Él se mostró exento de vanidad, sin pompas, sin fastos, él no tiene la cabeza ceñida de laureles verdes: él no tiene carros en su comitiva, él no espera arcos de triunfo […] una candidez natural e imponente lo acompaña, la propia del carácter de romano que lo distingue […]. Él examinó todo, él fraternizó todo, él ejecutó todo, sin que sus penosas ocupaciones ni el peso formidable que él soporta no lo conturbaran con el fin de dotar de organización, conforme a las leyes de la República. Él fijó su mirada sobre este edificio, él se informó en particular del rector, del estado de las clases; él tomó notas exactas y se consagró de preferencia a su conservación, a su estado floreciente y a su crecimiento.

Al parecer, para López de Medrano el interés de Boyer por el desarrollo de la educación universitaria constituía el toque distintivo de su obra de gobierno. En tal sentido, detalla los pasos del mandatario haitiano a tal efecto, comenzando por la designación de una comisión encargada de elaborar un plan de reorganización de la institución universitaria, compuesta por cuatro dominicanos funcionarios del gobierno. Se decidió que se establecerían las siguientes cátedras: una nueva de moral, medicina, ambos derechos, filosofía, latín y lengua.

También se designaron profesores, se puso en funcionamiento el claustro y se introdujeron reformas institucionales.

Exultante, hizo una apología de la juventud dominicana, “ya haitiana”, en presencia de una oportunidad inédita para empaparse del saber.

Dulce esperanza de los hombres sensatos, delicias agradables de la patria, apoyo futuro de su gloria, tú, amable juventud, pródiga de sutileza de espíritu admirable, depósito de agradables alegrías, tú que vas a saborear copiosamente de ese don inestimable, exento de distinciones odiosas que el error inventa por accidentes efímeros, que el egoísmo sostiene y que la filantropía condena, entra con alegría en el augusto templo de Minerva que se abre ahora para recibirte: aprende en filosofía a razonar con juicio, a buscar la naturaleza.

Después de haber alentado la reorganización de la universidad, a escasas semanas de la sesión solemne en la que López de Medrano pronunció el discurso arriba glosado, Boyer dispuso la clausura del plantel, con el subterfugio de convocar a los jóvenes al servicio militar.

De golpe, al filósofo debieron esfumársele todas las esperanzas en el cambio de soberanía recién acontecido y decidió abandonar el país de inmediato. Aunque no dejó escritos los motivos que lo animaron, de ninguna manera puede imputarse que obrara por conveniencias personales, sino que es seguro que lo hizo por razones de principios.

Bien hubiera podido incorporarse a la administración haitiana, como lo hicieron Tomás Bobadilla y José Joaquín del Monte, pero para él se clausuraba la expectativa de laborar en la formación de los jóvenes dentro de un orden auspicioso. Debió sobre todo calibrar el significado profundo que comportaba el cierre de la Universidad.

MEDIA VIDA EN PUERTO RICO

Al abandonar el país, decidió dirigirse hacia Puerto Rico. No detalló las razones de tal elección, en vez de haber marchado hacia Venezuela u otro país liberado del yugo español, como poco después hizo Núñez de Cáceres. Tal vez lo que quedaba entrañado, a partir de la evaluación de lo acontecido en los meses recién transcurridos, era la sospecha de que cualquier tentativa nacional concluía en el fracaso. Si se sigue al pie de la letra lo que con posterioridad escribió en Puerto Rico, se concluye que se volvió un conservador solidarizado con el despotismo español allí vigente. En 1831 compuso dos textos apologéticos del gobernador Miguel de la Torre y el monarca: “Apodícticos de regocijo” y “Coloquios o congratulación a los puertorriqueños”. Al llegar a Borinquen, a inicios de septiembre de 1822, fue identificado como uno de los promotores de la ruptura de Santo Domingo con España.

Ofreció garantías de la reconsideración de sus posturas y de su adhesión a la monarquía española. Se radicó en el poblado de Aguadilla, donde persistía una nutrida colonia dominicana, pudiendo ejercer la medicina. Debió destacarse en la profesión, ya que años después el gobernador lo comisionó para investigar las causas de la mortandad de ganado vacuno generada por una enfermedad conocida como la llaguita.

Más adelante, en señal de que se había integrado a plenitud en la vida puertorriqueña, fue designado síndico del Ayuntamiento de Aguada, en cuya demarcación residía. Tiempo después, en 1836, al parecer temporalmente en Mayagüez, ingresó a la masonería, pero al cabo de dos años renunció, alegando motivos políticos, tras trascender que en el seno de las logias se incubaba el descontento contra el orden colonial.

Desde 1839 hasta el final de sus días residió en Ponce, donde sobresalió como munícipe. Además de la práctica médica, mantuvo su interés por la educación y el periodismo. En 1847 fue designado director de la escuela pública de la ciudad. En 1852 se contó entre los fundadores del periódico El Ponceño –primera publicación periódica de la localidad–, que duró dos años.

López de Medrano falleció en Ponce el 6 de mayo de 1856. Pasó unos 34 años en Puerto Rico, casi media vida, si se acepta que nació hacia 1780. Se trató de un prolongado y de seguro penoso anticlímax, durante el cual no produjo nada de importancia. Después de haber sido un introductor de la reflexión filosófica sistematizada, profesor universitario y pionero de la política democrática, llevó una oscura existencia provinciana, conforme con el absolutismo hispánico, en manifestación de retroceso intelectual y político. Aparentemente, nunca dejó de considerarse dominicano, ya que aludía a Puerto Rico como su segunda patria. Pero no volvió a interesarse por el destino de su pueblo, pese a que su hermano Antonio López Villanueva tuvo una destacada participación en el proceso posterior a la independencia de 1844. En conclusión, el intelectual fue víctima de las circunstancias.

Cuando parecía que iban a crearse las condiciones para el ejercicio de una pedagogía liberadora en un contexto de autonomía nacional, la invasión foránea, prohijadora de ignorancia y despotismo, lo obligó a expatriarse para siempre.

BIBLIOGRAFÍA

Campillo Pérez, Julio Genaro. Dr. Andrés López de Medrano y su legado humanista. Santo Domingo, 1999.

Cassá, Roberto. “La difícil emergencia de la modernidad dominicana: el pensamiento de Andrés López de Medrano”. Separata de Vetas, año VIII, No. 58, septiembre de 2001.

Coiscou Henríquez, Máximo. Documentos para la historia de Santo Domingo. 2 vols. Madrid, 1973.

Cordero, Armando. La filosofía en Santo Domingo. Santo Domingo, 1973.

 

Fuente: http://www.agn.gov.do/sites/default/files/libros/pdfs/vol%20208._personajes_dominicanos_tomo_1._roberto_cassa.pdf

Scroll To Top
Login

shared on wplocker.com