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Personaje: Manuel Rodríguez Objío

Personaje: Manuel Rodríguez Objío

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Es uno de los próceres que encarna con más intensidad el lineamiento dominante de la historia dominicana del siglo XIX: la formación de la nación a través de la aspiración a la autodeterminación y la igualdad. Durante el proceso posterior a la anexión de la República Dominicana a España, en 1861, Rodríguez Objío fue el intelectual que con mayor radicalismo enarboló los principios tendentes a la constitución de un pueblo libre y luchó por plasmarlos en la realidad social mediante el compromiso político.

 

En el segundo lustro de la década de 1850 comenzó a incursionar en la creación literaria y el periodismo, con la intención de exponer principios que permitiesen una orientación renovadora de la vida del país. Fue uno de los primeros poetas románticos dominicanos. Se dedicó al periodismo y, aún muy joven, se dispuso a elaborar anotaciones históricas que compiló bajo el epígrafe de Relaciones y que pueden considerarse el primer tratado de historia escrito por un dominicano bajo la perspectiva del ideal de un pueblo libre constituido en nación.

Su trascendencia en la historia no se deriva únicamente de su condición de intelectual, sino de haber sido un hombre de acción que, a pesar de las dudas interiores que lo asaltaban, decidió tomar parte en los esfuerzos que se llevaban a cabo en pos de la libertad. Gracias a su inquebrantable patriotismo y a su capacidad intelectual sobresalió en la elaboración de propuestas políticas democráticas y revolucionarias. Por eso desempeñó funciones de importancia durante la guerra de la Restauración contra el dominio español, entre 1863 y 1865, y se proyectó en los años posteriores como exponente del liberalismo democrático, cuando los prohombres de esa gesta nacional se cohesionaron en contraposición con el conservadurismo de Buenaventura Báez.

El protagonismo de Rodríguez Objío se resume en la intransigencia frente a los enemigos de la libertad. Visualizaba la causa del pueblo como un imperativo al que no podía renunciar, y definió una postura de radicalismo democrático que buscaba desterrar el dominio de tiranos y caudillos.

Actuó siempre acompañado por la preocupación poco común de hurgar en las causas profundas de los procesos la historia del pueblo dominicano.

Derivaba la búsqueda de los medios para hacer compatibles los principios liberales y democráticos con las características del medio dominicano. Su excepcional capacidad de elaborar ideas y su radicalismo lo colocaron por encima de su época, situación que le acarreó conflictos incluso en el interior del sector liberal. Estuvo penetrado de la duda acerca de la pertinencia de la acción, ya que recaía en la convicción de que su vocación verdadera era la literatura. Rufino Martínez, en su magnífica galería de personajes del siglo XIX, si bien no duda de la pureza de sus ideales, elaboró un juicio extremo, al ponderar su existencia como sucesión de inconsecuencias. En verdad, el atractivo por la acción siempre se sobreponía a las dudas, por lo que terminaba reincidiendo una y otra vez en las luchas contra la opresión.

Su vida dedicada a la patria concluyó en la tragedia, pero también en su exaltación a héroe de los esfuerzos por el logro de un país libre. Su muerte resume una existencia trágica, atravesada desde temprana edad por lo que su biógrafo Ramón Lugo Lovatón califica de “hado adverso”.

PRECOCIDAD

La precocidad fue una las características de los años formativos de Rodríguez Objío. En Relaciones, donde combina la autobiografía con un recuento de la historia de su tiempo, afirma que su niñez no tuvo nada de sobresaliente. En realidad, fue un joven prodigio, que antes de los 16 años escribía poesías y principiaba a elaborar nociones sobre su época. Esta precocidad sería una tónica el resto de su vida, pues realizó actividades que correspondían a edades bastante mayores. A los 19 años incursionó en la política, dando muestras de un nivel cultural superior al típico del período. La claridad de sus ideas durante la guerra de la Restauración, así como el compromiso con la causa nacional y su capacidad literaria, lo llevaron a ser el responsable de la publicidad del gobierno de

Santiago y a ocupar un ministerio en los postreros meses de 1864, cuando contaba apenas 25 años. Colocado a esa corta edad en el epicentro de la política nacional, su vida pasó a adquirir ritmo vertiginoso.

En la decepción, fenómeno generalmente reservado a la madurez, también fue precoz, como narra en Relaciones. Sufrió la envidia literaria o los ataques arteros por diferencias políticas; pero siempre se sobreponía.

Hasta en la muerte fue precoz: su fusilamiento se produjo cuando tenía 32 años, pero tras una existencia que había experimentado avatares sin fin.

La precocidad tuvo que abrirse paso contra la mediocridad cultural reinante. Narra él mismo que en las escuelas de la época no se enseñaba nada, por lo que tuvo que formarse como autodidacta. Incidieron circunstancias familiares para que pudiera sobreponerse a esas condiciones y lograra un elevado nivel cultural.

Nació el 19 de diciembre de 1838 en la ciudad de Santo Domingo, a escasos meses de constituida la sociedad secreta La Trinitaria. El hogar de sus padres se encontraba en la esquina suroeste de las calles El Conde y José Reyes. La ubicación de su casa permite inferir que sus padres, Andrés Rodríguez y Bernarda Objío (tal vez nacida en Venezuela), pertenecían a los estratos urbanos medios y altos. Los documentos de registro civil lo avalan, pues Andrés Rodríguez figura en ellos como “mercader al detalle”. Varios integrantes de La Trinitaria eran amigos de la familia, lo que indica que el niño Rodríguez Objío creció bajo el influjo de las enseñanzas de Duarte.

En la época, todo estaba envuelto en dificultades, ya que el país era en extremo pobre e incluso los sectores urbanos superiores vivían en medio de precariedades enormes. Esta situación se agravó a consecuencia del fallecimiento prematuro de Andrés Rodríguez, en febrero de 1843, después de haber tenido otros dos hijos y quedar una cuarta hija por nacer. La joven viuda se vio obligada a marchar a Azua, donde se encontraba su familia, con el fin de dedicarse a actividades comerciales.

Bernarda Objío tenía experiencia ayudando a su marido, y su primogénito Manuel, todavía niño, tuvo que participar en la búsqueda de la subsistencia del hogar. De ahí vendría una vocación por los negocios que no desarrolló a causa de la fuerte afición literaria. Como lo narra en Relaciones, sufrió varios fracasos en actividades comerciales, lo que explica su entorno social donde era difícil el éxito de una empresa de cualquier género.

De esos primeros años, bajo el dominio haitiano, refiere su amigo el gran poeta José Joaquín Pérez:

Como es condición inherente a toda nación conquistadora la de detener el vuelo de la inteligencia, poniendo trabas a la ilustración de las masas, Manuel R. Objío tuvo la desgracia de no recibir educación ninguna. Pasó su infancia en esa vaguedad sin límites de una vida de peligrosa ociosidad.

Precoz en atrevidas concepciones, en el pequeño círculo de su familia pudo aprender fácilmente algo que le ayudase a adquirir por sí mismo las nociones más indispensables i cuando llegó la edad de seis años su adelanto era prodigioso.

A los 13 años Rodríguez Objío retornó a Santo Domingo para ocupar una plaza de dependiente de comercio. A su propio decir, llevaba una vida de holgazán y se rodeó de “malas compañías”, llegando a embriagarse unas cuantas veces. En ocasión de un viaje a Azua, mientras se llevaba a cabo una partida de naipes, la chispa del cigarro de uno de los jugadores hizo estallar el barril de pólvora sobre el cual se sentaba.

Rodríguez Objío fue de los pocos que no perdieron la vida, lo que le hizo pensar que su vida estaba sellada por un destino.

A pesar de esa existencia díscola, comenzó a asistir como alumno del colegio San Buenaventura, fundado por el presidente Buenaventura Báez durante su primera administración. En aquellos ratos pudo nutrirse del saber de algunas de las escasas luminarias culturales de la época, como Félix María Delmonte y Alejandro Angulo Guridi. Al poco tiempo comenzó a escribir poesías, inspirado en la obra y las hazañas de Lord Byron. En 1855, cuando contaba apenas 16 años, publicó su primer poema, dedicado a “una joven poetisa”. Entonces, según refirió años después, ya era un espíritu romántico:

[…] mi corazón rebosaba en amor para todo el mundo, las mujeres me parecían ángeles, la amistad una diosa, la Patria un Edén. Sentí demasiado y ahogué demasiado mis sentimientos; cuando quise darles expansión, no hallando el mundo que soñé, maldije mi destino y me lancé en una lucha interminable.

Al retornar de un accidentado viaje a Nueva York en compañía de un comerciante que había realizado transacciones irregulares, viaje que él mismo calificó de calaverada, en marzo de 1856 fue nombrado funcionario en el Ministerio de Hacienda por el incumbente, Manuel Delmonte, amigo de su familia e integrante del círculo de Santana.

Comenzaba a los 17 años una carrera en posiciones en el Estado que le generaría conflictos interiores. En realidad, de acuerdo con su vocación intelectual, le interesaba contribuir a la búsqueda de soluciones a los problemas nacionales. Junto a otros escritores, como su gran amigo Juan Bautista Zafra, fundó la Sociedad Amantes de las Letras, que él concibió como un espacio para la reflexión que incidiera en los problemas que los políticos conservadores no podían abordar. Presentó su renuncia al cargo poco después de nombrado, aprovechando la salida de Santana del poder, y retornó a Azua durante cierto tiempo.

La rebelión de los cibaeños contra el segundo gobierno de Báez, en 1857, lo encontró en la ciudad de Santo Domingo, donde había establecido un pequeño negocio de destilación de bebidas en compañía del poeta Manuel Heredia. Se vio forzado a combatir del lado baecista, bajo el mando del general José María Cabral. Pero tan pronto pudo se pasó al bando de Santiago, que mantenía el cerco sobre la ciudad amurallada. En esos meses estableció relación con el general Santana, jefe de la tropa sitiadora, quien, al advertir el talento del joven poeta, lo designó parte de su Estado Mayor, a pesar del recelo que le provocaban sus ideas liberales. Al establecerse el cuarto y último gobierno de Santana, Rodríguez Objío fue designado oficial primero de la Secretaría de Interior y Policía, pero no tardó en renunciar. Sus ya definidas inclinaciones liberales lo llevaban a repudiar por igual a los dos jefes políticos de la época, Santana y Báez.

Prefirió involucrarse en la reorganización de la Sociedad Amantes de las Letras, con el fin de contribuir a un tipo de acción colectiva que antepusiera el patriotismo a cualquier interés personal o de grupo. Como parte de ese activismo cultural, colaboró en los principales periódicos de la ciudad, especialmente en Flores del Ozama. Fuera por diferencias políticas o por rivalidades personales entre literatos, fue combatido con acritud dentro de este cenáculo, lo que le generó un sentimiento de decepción. Es probable que los ataques a que se vio sometido provinieran de literatos conservadores que habían ingresado en la entidad, como Manuel de Jesús Galván. En adelante, la vida de nuestro héroe oscilaría entre la voluntad grandilocuente de la acción en pos del ideal y la pasividad provocada por la decepción.

Sin empleo y desconectado de la sociedad literaria, volvió a Azua en 1860, con el fin de realizar operaciones comerciales, justo antes de producirse la rebelión fronteriza favorable a Haití capitaneada por el general Domingo Ramírez y otras figuras del Ejército dominicano.

Santana se estableció en Azua para aplastar la disidencia y tomó como secretario personal al joven Rodríguez Objío, quien al cabo de tres meses abandonó la posición, cuando Santana retornó a Santo Domingo.

PALADÍN DE LA RESTAURACIÓN

Tan pronto tuvo certeza de que Santana pensaba anexar la República a la monarquía española, Rodríguez Objío se dirigió a Saint Thomas para entrevistarse con el exilado Francisco del Rosario Sánchez, quien simbolizaba el espíritu de la autodeterminación nacional y la igualdad. Existe la versión, no avalada por él, de que fue enviado por políticos conservadores que deseaban impedir la anexión. Al tiempo que informaba al fundador de la República de los planes de Santana, se ofreció a combatirlos. Rememora en Relaciones haberle dicho a Sánchez que, a pesar de la aversión que sentía hacia Báez, prefería cualquier gobernante a una dominación extranjera. El ansiado encuentro con el héroe de los ideales patrios generó una perenne veneración a su memoria. “Desde aquel instante –refirió– mi suerte quedó ligada a la suya; y aun después de su muerte, fui fiel a mis promesas”. Con la vehemencia de los románticos, expone su admiración por el prócer en páginas que muestran la yuxtaposición del poeta y el historiador.

Creador de la nacionalidad dominicana y primer soldado de la independencia él murió con la nacionalidad y con la independencia de la Patria. Heroico y grande al nacer como hombre público en 1844 y grande fue al morir en 1861.

Brilló en el oriente de su tempestuosa vida y descendió al ocaso con majestad y luz, legando a las generaciones que le sucedan el creciente reflejo de su gloria, un ejemplar sublime a los patriotas […].

Oscurecido o proscrito, errante y perseguido por todos los tiranos fue Sánchez el padre de la Patria y a la vez su víctima expiatoria. El postrer momento de aquel hombre grande y desgraciado, fue más solemne porque concurrió a la agonía y muerte de una nacionalidad. Como Cristo él fue palmoteado y bendecido en la Jerusalén dominicana el año 44. El escuchó por cortos días el Hosanna de su pueblo […]. Más tarde tuvo su pasión y su calvario habiendo exhalado el último aliento y caído con la cruz de la redención nacional.1

Rodríguez Objío retornó a Santo Domingo, por lo que no acompañó a su ídolo en la expedición que dirigió desde Haití y que culminó con su fusilamiento. Al ver que no prosperaba la oposición a la anexión, decidió esperar, convencido de que el pueblo terminaría rebelándose.

En el ínterin, Rodríguez Objío contrajo matrimonio con María del Rosario Ravelo, hermana del trinitario Juan Nepomuceno Ravelo, quien le había inspirado versos juveniles. Experimentó pronto una decepción en el aspecto pasional, aunque decidió no divorciarse. Años después, en medio de la guerra de la Restauración, conoció en Santiago a Rita Reyes, quien pasó a ser el amor de su vida. Con ambas mujeres tuvo hijos y mantuvo la relación hasta su muerte.

A los pocos días de iniciada la guerra de la Restauración, Rodríguez Objío huyó hacia Venezuela con el fin de sumarse a los patriotas. Dado que su repudio al régimen extranjero era del dominio público y estaba sometido a vigilancia policial, calibró que no le sería factible trasladarse hacia Santiago por tierra. Refiere que fue el primer habitante de la capital que se dispuso a sumarse a los insurgentes. Se detuvo en Curazao, donde conoció a su familiar Manuel E. Bruzual, dirigente de la corriente liberal que entonces predominaba en Venezuela. Bruzual lo recomendó ante el

1 Al igual que en citas posteriores de Rodríguez Objío, se han introducido ligeras modificaciones para hacerlas más legibles. presidente venezolano Juan C. Falcón, a quien solicitó apoyo para la causa dominicana. En Caracas se sumó al colectivo formado por Juan Pablo Duarte con el fin de integrarse a la guerra llevando recursos desde aquel país. Rodríguez Objío recibió de Duarte el grado de coronel, y ambos, junto a Vicente Celestino Duarte y Mariano Diez, hermano y tío de Duarte, y el venezolano Candelario Oquendo, abandonaron Venezuela el 2 de marzo de 1864 y llegaron a Monte Cristi el 25 de ese mes. Casi de inmediato Rodríguez Objío fue destinado para auxiliar al general Manuel María Castillo en la reorganización del frente de la región sur, tras los reveses infligidos a los patriotas por las tropas españolas a causa de los desaciertos del anterior jefe, Pedro Florentino. En ese frente, donde cundía el peligro y la miseria extrema, se distinguió por cumplir misiones riesgosas. Se preocupó por establecer puntos de comunicación con Haití, único medio para procurarse armamentos y otros artículos indispensables. Fue designado jefe del Estado Mayor del frente y en algunos momentos ocupó interinamente la jefatura de las operaciones. Se consagraba como el guerrero de la libertad que aspiraba a ser, aunque ya experimentara dudas sobre la pertinencia de la acción.

El sucesor de Castillo en la jefatura del sur, José María Cabral, le solicitó que fuera a Santiago en busca de ayuda. En esta ciudad le sorprendió el movimiento que llevó a destituir al presidente José Antonio Salcedo y a la proclamación del jefe del ejército, Gaspar Polanco, como presidente con poderes dictatoriales. Esta evolución fue provocada por lo que varios jefes consideraron detener la guerra a causa de los errores militares del presidente, así como por su disposición a llegar a un acuerdo con los españoles y propiciar el retorno de Buenaventura Báez a la jefatura suprema del país, quien había sorprendido a muchos al aceptar el grado de mariscal de campo del ejército español.

El propio Rodríguez Objío tuvo la ocasión de participar en las conversaciones que se celebraron en Monte Cristi entre el capitán general José de la Gándara y una delegación del gobierno de Santiago, después de que esta ciudad fue ocupada por el ejército español. Fuera por haberse convencido de los errores de Salcedo o por la vocación radical de Gaspar Polanco, Rodríguez Objío prestó concurso a la acción de este último, cuya dictadura revolucionaria duró poco más de tres meses.

En el gabinete de Polanco fue designado ministro de Relaciones Exteriores, aunque su verdadera contribución estribó en dirigir el periódico del gobierno y escribir gran parte de los documentos oficiales de esos meses. Se hizo la pluma de la Restauración, precisamente cuando la contienda nacional alcanzaba su cenit y se definían, desde la cúspide del gobierno, las posturas radicales en pos de un ordenamiento nacional autónomo y democrático. Aunque la figura dominante de tal orientación era el vicepresidente Ulises Francisco Espaillat, la labor literaria de exposición sistemática de argumentos le correspondió a Rodríguez Objío.

Este quedó impresionado por la honradez y la firmeza de propósitos del vicepresidente, de quien recibió algunas de las orientaciones políticas que más lo marcaron.

Durante los meses de la dictadura de Polanco se logró contener la contraofensiva española que había puesto a los dominicanos en situación difícil. Después de preparar la evacuación de Santiago, tras la toma de Monte Cristi, los dominicanos inmovilizaron al ejército español pocos kilómetros más allá de esta última ciudad. En el frente del sur, la pericia militar de Cabral se puso de manifiesto en la batalla de La Canela, el 5 de diciembre de 1864, cuando las tropas de españoles y dominicanos anexionistas, bajo el mando de Eusebio Puello, fueron derrotadas y se abrió un nuevo avance de los restauradores a todo lo largo de la región.

Cumplido este cometido del gobierno de Polanco, comenzaron nuevas desavenencias en las filas restauradoras, tanto por aspiraciones desordenadas de mando como por concepciones distintas acerca del ordenamiento político y la conducción de la guerra. Se le achacó al presidente Polanco el fusilamiento de su predecesor José Antonio Salcedo, lo que fue esgrimido por varios generales de la Línea Noroeste como razón para su derrocamiento.

En enero de 1865 Pedro Antonio Pimentel fue designado tercer presidente de la Restauración, y quienes habían acompañado al depuesto Polanco, entre los cuales se encontraba Rodríguez Objío, fueron reducidos a prisión. Al no encontrárseles responsabilidad en la muerte de Salcedo, casi todos fueron liberados dos meses después, y a Rodríguez Objío lo destinaron otra vez al sur, donde acompañó al general Cabral en la fase final de las operaciones y la ocupación de la ciudad de Santo Domingo.

Tanto en el ministerio del gobierno de Polanco como fungiendo de consejero de Cabral, Rodríguez Objío fue quien tuvo la visión más clara sobre la necesidad de que los patriotas se compactaran en una entidad que se denominó Partido Nacional. Aunque Polanco, el más radical de los jefes militares restauradores, aceptó la idea y en reiteradas ocasiones se refirió a dicho partido, en realidad nunca llegó a existir, porque aún faltaban condiciones. Hay que tomar en cuenta que la mayor parte de los jefes militares restauradores carecían de toda noción de política moderna.

Aunque estos guerreros tenían que acatar las orientaciones del gobierno, los intelectuales y políticos carecían de fuerza para someterlos a control.

PRECURSOR DEL RADICALISMO DEMOCRÁTICO

Cabral ocupó la presidencia de la República un mes después de que las tropas españolas evacuaran Santo Domingo, a secuelas de un pronunciamiento efectuado en la ciudad por varios generales del sur y del este, quienes cuestionaban la preponderancia cibaeña representada por el presidente Pimentel. También recibió el título de Protector, en reconocimiento a su brillante jefatura militar. Se adujo poco después que el inspirador intelectual de dicho movimiento fue Rodríguez Objío, cosa que él mismo se encargó de desmentir.

Los meses de la primera presidencia de Cabral fueron una suerte de interregno dorado, pese a la destrucción en que había quedado el país tras la prolongada guerra. Los círculos de jóvenes instruidos estaban confiados en que se abría un futuro promisorio. La expresión más importante de esta ilusión fue la Asamblea Constituyente convocada para promulgar una nueva ley fundamental del Estado que posibilitara un orden democrático, sustituyendo la Constitución de 1854 que legalizaba el despotismo.

Rodríguez Objío fue comisionado por Cabral para que organizara el gobierno, y posteriormente fue designado ministro de Justicia, Instrucción Pública y Relaciones Exteriores. La inclusión de Rodríguez Objío ponía de relieve el origen restaurador de esta primera administración de Cabral, pese al interés del mandatario por rodearse de figuras conservadoras y obtener el apoyo del alto estamento comercial.

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Cabral depositó confianza en Juan Ramón Fiallo, quien imprimió una orientación conservadora, y designó a Valverde y Lara en el Ministerio de Guerra, lo que determinó la salida de Rodríguez Objío del gobierno.

Los viejos santanistas y baecistas, según consigna en Relaciones, se disputaban la hegemonía en el gobierno, por lo que Rodríguez Objío y otros restauradores perdieron influencia.

Probablemente a causa del avance de los conservadores en el gobierno, solicitó al presidente que lo designara jefe de la región sur. Allí captó las intrigas que iniciaban los partidarios de Buenaventura Báez e intentó oponerse a ellas, aunque sin demasiada beligerancia, lo que denota la precariedad en que se desenvolvían los restauradores en el poder y la rapidez con que se recuperaba el prestigio de Báez, pese a haber apoyado la anexión.

Como parte de esta situación, Rodríguez Objío aceptó ser electo representante de Bánica a la Asamblea Constituyente, a instancias de Carlos Báez, hermano de Buenaventura Báez, quien desplegaba una campaña de promoción en Azua. Decepcionado por el prestigio ascendente del inveterado anexionista, nuestro héroe decidió por primera vez apartarse de la política y dedicarse al ejercicio de la abogacía, para lo cual obtuvo nombramiento de defensor público. Captó que la mayoría del pueblo no apoyaba la propuesta liberal. Aun así, al igual que en ocasiones ulteriores, volvió sobre sus pasos y aceptó el reto del patriotismo, ocupando de nuevo un ministerio en el gobierno a petición del Presidente, quien le renovó su confianza.

En ese contexto sobrevino la rebelión a favor de Báez de varios caudillos del este que habían dirigido la guerra de la Restauración en la zona. Su cabecilla era Pedro Guillermo, quien terminó ocupando la capital del país sin que Cabral lograra recabar fuerzas para oponerle resistencia. El mismo presidente se vio forzado a viajar a Curazao para pedirle a Báez que aceptara reemplazarlo en la presidencia de la República.

Gregorio Luperón y Benito Monción intentaron oponerse a la reinstalación de Báez, pero no lograron muchas adhesiones, señal del estado de ánimo que había en el país, las divisiones existentes en la cúspide de los restauradores, y la ascendente popularidad que tenía Báez gracias a ser reconocido por muchos como el único dotado con la capacidad para regir la nación.

Dando muestras de su astucia proverbial, Báez designó un gabinete compuesto por antiguos jefes de la Restauración, como el mismo Cabral, ministro de Guerra, y Pimentel, ministro de Interior. Rodríguez Objío decidió aceptar el encargo del presidente de ser su delegado en las provincias del Cibao, con la misión de conjurar previsibles nuevos brotes de oposición. Las razones por las cuales aceptó el nombramiento las explicó tiempo después.

Mi misión al Cibao tenía por objeto especial combatir a mis verdaderos amigos y correligionarios, a los hombres del Partido Nacional.

Las instrucciones que se me transmitieron fueron explícitas, omnímodo el poder de que me hallé investido. Yo no creí deber usar del arma que se ponía en mis manos para aniquilar a los míos.

[…] La fuerza pues del principio triunfó sobre el llamado Deber Militar, que es a veces una tiranía contra la conciencia, irracional, y por lo tanto injusta […].

Dispuso del poder suficiente para colocar a personas de su confianza en las posiciones relevantes. Poco después el gobierno lo nombró gobernador de Puerto Plata, responsabilidad de importancia porque en esta ciudad se recaudaban cerca de las dos terceras partes de los impuestos del país.

Al poco tiempo comenzó a cundir inquietud entre los prohombres de la Restauración por cuanto advirtieron los propósitos despóticos del nuevo mandatario, quien no coincidía con su orientación nacionalista y liberal. Cabral fue el primero en romper con Báez y marchó a Curazao, donde lanzó un manifiesto de agravios en abril de 1866. A continuación se trasladó a Haití e incursionó por la frontera sur, obteniendo la adhesión de algunos de los generales que lo habían secundado durante la pasada guerra. Ante esta situación, Rodríguez Objío, que en Puerto Plata se había rodeado de personas de su confianza, se declaró en rebelión contra el mandatario e hizo traer a Luperón, quien estaba exilado en las Islas Turcas.

Para recibir a Luperón, el 28 de abril de 1866, pronunció un discurso que se hizo célebre, en el cual exacerbaba su repudio hacia Báez:

Cuando por una desgracia inexplicable el partido nacional tuvo que inclinarse bajo la manchada plata de los españolizados, yo deploré en el fondo de mi alma aquel suceso: pero a la vez que el corazón me impulsaba a rechazar noblemente el gobierno de un traidor, la cabeza me ordenaba seguir una conducta distinta […].

Yo siempre había sido designado como enemigo del Mariscal Báez.

El ostracismo, la cárcel me amenazaban de cerca […].

Queriendo esquivar la persecución y ser útil a mis compañeros de glorias y reveses, mentí fidelidad al nuevo amo: aquel hombre, enemigo eterno de mi Patria y de mis amigos, tuvo la debilidad de creerme, encomendándome una misión de importancia en el Cibao, y más tarde el gobierno civil y el militar de esta Plaza que debía ser el camino de vuestro triunfo […]. Los sucesos han coronado mis deseos, pues al primer grito de los míos he estado en aptitud de asegurarles este importante Distrito, y abriros las puertas de la Patria. Mucho he sufrido moralmente, ciudadano General, habiéndome visto condenado a hacer un nuevo sacrificio en obsequio del gran partido nacional: el de mi conciencia torturada.

En lo futuro, ciudadano General, estoy dispuesto a renovar el sacrificio de mi sangre como soldado.

El 25 de este mes pude arrojar definitivamente el disfraz, encabezando el pronunciamiento de esta Plaza: en tal hecho el espíritu nacional me ha guiado.

A LOS TRAIDORES ES PRECISO HERIRLOS A TRAICION.

En su momento, parece que el autor consideró ese discurso una pieza lograda, pero en Relaciones expone juicios autocríticos, reconociendo que, al haberse dejado llevar por la exaltación, incurrió en exageraciones: en realidad, reflexiona, no había en ningún momento “mentido fidelidad” a Báez, por lo que debió haberse limitado a decir que fingió acatamiento. También consideró absurdo haberse proclamado traidor, ya que sólo se traiciona si se combaten los principios o la patria.

Esta alocución, de todas maneras, retrata la emotividad característica de su persona que lo llevaba a cometer actos improvisados de los cuales se arrepentía posteriormente.

Rodríguez Objío acompañó a Luperón en la batida contra la resistencia de los caudillos partidarios de Báez en las comarcas cibaeñas.

Durante la campaña se hizo evidente que la mayor parte de los jefes de la Restauración se habían adherido a la figura del depuesto mandatario. Rememorando este giro, y en alusión a los generales Benito Monción y Juan de Jesús Salcedo, hizo galas de su capacidad de análisis al cuestionar la explicación que dieron algunos de los intelectuales liberales de que los rebeldes obedecían a su falta de convicciones y a su carácter levantisco; sin negar que adoleciesen de esas fallas, también se preguntó hasta qué punto la orientación conservadora de una parte de la cúspide gubernamental, personificada en Cabral, no contribuía a la pérdida de influencia popular de los liberales y a la consiguiente defección de caudillos hacia el bando conservador.

En ese período debió fraguarse la amistad estrecha entre Rodríguez Objío y Gregorio Luperón. La mística nacionalista del poeta, que había exaltado el heroísmo de Sánchez, se proyectaba bajo las nuevas circunstancias en Luperón. Todavía en el discurso de Puerto Plata el líder tomado como referencia era Cabral, pero poco después se enturbiaron las relaciones entre el poeta y el guerrero de Santomé y La Canela.

Al triunfar la rebelión de los liberales contra Báez, tras un gobierno interino de un triunvirato compuesto por Gregorio Luperón, Pedro A.

Pimentel y Federico de Jesús García, Cabral fue reinstalado en la presidencia de la República por ser el principal cabecilla de los liberales, que ya se conocían como “los azules”. Rodríguez Objío entendió que no tenía sentido ocupar posiciones en la segunda administración de Cabral, cuando se ratificó la influencia de Fiallo, “el favorito” como se le llamaba, quien se proponía anular la incidencia de los hombres de la Restauración y favorecer a los antiguos santanistas. De ahí que, con más claridad que en el primer gobierno de Cabral, en el segundo, entre 1866-1867, la mayoría de los ministros fueran antiguos funcionarios de Santana.

En razón de esta orientación gubernamental, Rodríguez Objío se estableció en La Vega junto a su familia y se desentendió de los asuntos políticos. Seguía los pasos de Luperón, “cuyos principios se armonizaron altamente con los míos”, quien se había dedicado a actividades comerciales en Puerto Plata. Previamente, de acuerdo con muchos jóvenes y algunas personas prominentes del Cibao, Rodríguez Objío intentó convencer a Luperón de que aceptara la presidencia, a lo que este se negó de plano. La intransigencia de Rodríguez Objío llevó al presidente Cabral a retirarle la confianza, por lo que se congratuló de que se estableciera en

La Vega “entre los suyos”, expresión que puso en claro que no deseaba su participación en los asuntos públicos. Con todo, obedeciendo al sentido del deber, Rodríguez Objío se vio forzado a participar en la represión del alzamiento de Benito Monción y Juan de Jesús Salcedo, lo que no fue óbice para que Pablo Pujol, uno de los principales partidarios de Cabral en Santiago, lo acusase de mal comportamiento e intentase someterlo ante un consejo de guerra. Las intrigas en el seno de los restauradores empezaban a hacer mella en el ánimo de Rodríguez Objío, quien resultaba ser uno de los más combatidos a causa de su postura radical. Él mismo caracterizó poco después esta situación:

Los hombres del 16 de Agosto, sin apoyo en ningún lado, sin fuerza de ninguna especie, acabaron por dividirse entre sí, agregándose cada cual al partido que mayores garantías pudiera ofrecerle. Aquellos de entre estos que no podían intentar una transacción con Báez quedaron aislados soportando, como el árbol del desierto, el impulso de todos los vientos. Los traidores, anexionistas y los partidarios de Báez se disputaron la arena política. Estos debían triunfar tarde o temprano, puesto que aquellos trabajaban en su favor.

Aunque apartado de funciones de gobierno, Rodríguez Objío renovó su compromiso patriótico a través del periodismo doctrinario. Procedió a fundar La Voz del Cibao, que concibió como la última trinchera del radicalismo democrático. El tono crítico de ese periódico exacerbó las malquerencias en su contra de funcionarios del gobierno, pese a que en sus páginas colaboraron figuras como José Gabriel García y Gregorio Luperón. Comenzó a dar forma a tópicos que caracterizaron su ideario democrático: la intransigencia en la defensa de la soberanía nacional, la búsqueda de un ordenamiento democrático donde imperara la legalidad, la reivindicación de los intereses de los pobres y proletarios, la lucha por la igualdad social y jurídica, la erradicación de la discriminación racial y las desigualdades por motivos étnicos o raciales.

En cierto momento Rodríguez Objío se trasladó a Santo Domingo, donde fue electo diputado por La Vega, posición que se negó a ocupar por divergencias con el gobierno. Aun así, con motivo del apresamiento de Pedro Guillermo, tras una intentona insurreccional, Cabral le solicitó a Rodríguez Objío que presidiera el consejo militar que lo juzgaría, alegando que nadie se sentía con la valentía para asumir tal responsabilidad. Rodríguez Objío accedió al ruego del Presidente y se trasladó a El Seibo, donde dictó la sentencia de muerte del caudillo baecista, considerado comúnmente un bandolero. De inmediato los baecistas exilados calificaron a Rodríguez Objío como asesino. Tal animadversión se agudizó con motivo de la última ofensiva de los caudillos cibaeños contra Cabral, iniciada en Monte Cristi en octubre de 1867.

Uno de ellos, Jove Barriento, fue capturado y ejecutado por el caudillo liberal Subí, hecho que se le imputó sin razón a Rodríguez Objío, quien llegó al lugar cuando ya se había producido el fusilamiento.

Las relaciones de Rodríguez Objío con el gobierno de Cabral se tornaron más tensas cuando se vio obligado a permanecer en Santo Domingo, a medida que avanzaban los baecistas al final de 1867.

Entonces, con el fin de sobrevivir a toda costa, Cabral envió a Pablo Pujol en misión a Washington, con la propuesta de arrendar la península de Samaná a Estados Unidos a cambio de dinero y armamentos. En sesiones “tumultuosas”, varios diputados elevaron sus protestas, entre los cuales se encontraron Rodríguez Objío y Juan Bautista Zafra.

EXILIADO EN HAITÍ

La caída de Cabral era inevitable, pues la gran mayoría de los caudillos, los personajes de influencia en sus respectivas comunidades, propugnaban el retorno de Báez. El anuncio de las negociaciones sobre Samaná terminó de sumir en la ruina moral al gobierno, lo que fue aprovechado por los partidarios de Báez para, hipócritamente, acusarlo de antinacional. Al enterarse de los manejos con Samaná, Luperón rompió con Cabral y se marchó a Islas Turcas. Concluyendo enero de 1868, los azules capitularon en Santo Domingo y sus jefes abandonaron el país. En una de sus últimas anotaciones antes de tomar el camino del destierro junto a las figuras del régimen caído, ya la ciudad sitiada, Rodríguez Objío reflexionó sobre las causas del fracaso. Advirtió que los españolizados del Cibao terminaron cohesionados alrededor de Báez. En segundo lugar, consideró que Cabral se había aislado por rodearse de un anillo de personas de confianza muy reducido.

Los azules expulsos celebraron una conferencia en el venezolano islote Guiaiguaza, frente a Puerto Cabello, donde pasaban una cuarentena, pues antes de salir de República Dominicana se había desatado una epidemia de cólera. En esas conversaciones se pusieron de manifiesto las aspiraciones al mando de los jefes militares azules Cabral, Luperón y Pimentel, cada uno de los cuales tenía una cohorte de partidarios. Algunos conservadores que los acompañaban también se disputaban la hegemonía, señalándose particularmente a los antiguos santanistas Tomás Bobadilla y Manuel Valverde. La relación de estos conservadores con los liberales se debía a que, por viejas rencillas, no aceptaban la preponderancia de Báez. Pero Rodríguez Objío, en sus escritos, fue enfático al negar que ellos perteneciesen al Partido Nacional, aunque lo situaba como un proyecto que no cuajaba a causa de las rivalidades de los dirigentes.

Una parte considerable de los expulsos se radicaron en Haití, aprovechando que todavía el presidente Sylvain Salnave no había concertado una alianza sólida con Báez, recién llegado al poder.

Rodríguez Objío pasó a residir en Cabo Haitiano, donde obtuvo la protección de las autoridades locales. Su situación personal era en extremo difícil y vivía literalmente en la miseria, a pesar de que incursionó en actividades comerciales.

Las divergencias entre los azules lo tocaron, y encontró antagonistas que llegaban a acusarlo de traición. Pujol insinuó que había tratado de que Salnave capturase a Cabral en Jacmel, antes de que se internara en territorio dominicano para iniciar la guerra de guerrillas contra Báez.

Por lo que se infiere de sus notas, llegó incluso a dudar de algunas actitudes de Luperón, que interpretaba fruto de su aspiración por la jefatura suprema. Estaba penetrado de amargura a causa de la decepción, puesto que no lograba comprender la malevolencia de muchos de sus compañeros. Esta situación lo llevó a abjurar de la política, y en varias cartas pidió que, en caso de volver a incursionar en ella, se le abominara.

Se mantuvo confinado en la vida privada durante dos años, mientras Cabral y otros generales libraban una prolongada guerra contra Báez en el suroeste. De todas maneras, colaboró de manera ocasional con Pimentel, quien hacía esfuerzos por consolidar una base de operaciones en la proximidad de la frontera del norte, e intentó armonizar las relaciones entre Pimentel y Luperón.

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